domingo, 19 de mayo de 2013

Posted: 19 May 2013 06:42 AM PDT

Ya es un clásico ir a los avisos fúnebres de La Nación cuando muere algún enemigo de la Patria.

Esta vez me llamó la atención que mientras que por José Alfredo Martínez de Hoz se condolieron 91 personas, por Videla sólo lo hicieron 18 siendo ambos personajes indivisibles en cuanto al peso que tuvieron en la histria reciente de nuestro País.

Aunque tal vez no es extraño dado el concepto elitista de los lectores y condolentes del periódico de Bartolomé Mitre una cosa es el patrón, el cerebro, el mandante, el ideólogo, y otra es el peón, la simple herramienta, el mandatario. Al fin y al cabo, así en la vida como en la muerte, para esta gente también parece haber jerarquías.

Ausencias de pésames (salvo la del propio Videla por razones obvias), como las de Mariano Grondona y Carlos Pagni (columnistas de La Nación), Juan Alemann (columnista de Clarín); Carlos Pedro Blaquier (dueño del Ingenio Ledesma y cómplice civil de la dictadura); el Tata Yofre (ex jefe de la SIDE menemista), Manuel Solanet, Carlos Bulgheroni, Carlos Manfroni, Horacio García Belsunce, el Estudio Pérez Alati, Eugenio Aramburu; y unos cuantos apellidos con nombres de calle como Peralta Ramos y Pueyrredón entre otros (ver imagen completa), hacen de la despedida del genocida una perfecta explicación de aquel refrán que habla de "tirar la piedra y esconder la mano". Por que puede ser que un ciudadano distráido (aunque cueste creer a esta altura de la soirée) puede no reparar en la indivisibilidad de los elementos Martínez de Hoz- Videla, ellos lo saben.

Ahora, bien, más que los apesadumbrados 18 de hoy y los 91 del 17 de marzo de este año (que en ambos casos sabemos que son muchos más, desgracia- damente), me preocupa el silencio de aquellos que siempre tienen algo para decir. 

En algunos casos podría tratarse de simple selección de priori- dades, pero en otros podría ser la decisión de no tener que caretearla ya que ni siquiera se animan a exponerse como los 18.

Parafraseando a Soriano: triste y solitario el final de quien fuera el poderoso dueño de la vida y la muerte durante los años de plomo, época en que los encumbrados disfrutaban de mostrarse en público con el.

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